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viernes, 10 de enero de 2014

CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. OSCAR TAFFETANI




                Cesy, en una foto 


La tengo. A la de la foto, la tengo. Es Cesy  Reyes Mendía, la hija de Mirtho, una novia adolescente que tuvo el Cholo Vallejo  en sus tiempos de Trujillo. 
 

Mirtho (Zoila Rosa Cuadra era su nombre completo) lo conoció al Cholo recién recibido de bachiller en Letras y cuando curaba sus heridas del tumultuoso romance con María Rosa Sandoval. Fue una noche de amor y borrachera (más lo segundo que lo primero) y la púber quedó encinta.
 

En la familia de los Cuadra (de misa diaria en Trujillo, aunque después, al trasladarse a Lima, relajaron sus costumbres) la posibilidad de interrumpir el embarazo ni se soñaba:  la niña gestaría el fruto de aquella noche de amor borrascoso y el  bebé llevaría el nombre de su padre abandónico: César.
 

Se cumplieron los nueve meses de rigor (Mirtho casi no asomaba a la calle, al cuidado de las monjas del convento del Carmen) y nació la criatura, que no era un varón, sino una niña, razón por la que “César” se convirtió en “Cesárea” (y más tarde en Cesy, que sería su nombre artístico). 
 

Cesárea Cuadra era la beba de Mirtho, quien a partir de ese momento comenzaría a escribir apasionadas cartas a su amante de una noche, el joven profesor, de  vocación viajera, César Abraham “Cholo” Vallejo Mendoza.

Vallejo no contestó una sola carta de Mirtho, ni desde Lima cuando hacía el doctorado, ni desde Valencia ni desde París o cualquier otra ciudad del mundo en donde posara sus pies.  Mirtho no reclamaba nada. Cesy crecía y era una bella niñita, ya casi adoptada por el Dr. Ignacio Mendía, amigo de la familia y constante protector de su madre.

Circa 1928, Mirtho se enteró (porque esas noticias vuelan) de que el poeta Vallejo estaba comprometido con una joven francesa,  Georgette Marie Philippart Travers, hija de un encumbrado militar y héroe de guerra. La traición era doble. O triple. Traición a Mirtho, en primer lugar. Traición a la poesía. Traición al Perú.
 

Con lágrimas y furia escribió su última carta (documento que nos facilitó un coleccionista), en donde le dice que la bella Cesy, en realidad, no es hija “del poetastro Vallejo” (sic), sino de “el gran poeta Pablo Neruda”  (né Eliécer Neftalí Reyes) y que a partir de ese día comenzará llevar el apellido de su verdadero padre.

Retomamos esta historia hacia 1942, cuando el mundo todavía recibía el azote de la segunda gran guerra. La ciudad de Lima no había perdido su antiguo esplendor  y a pesar de las restricciones disfrutaba de una discreta vida nocturna, con hoteles y cabarets que permanecían de puertas abiertas hasta casi el mediodía.

Una leyenda urbana de aquella Lima era Cesy Reyes Mendía, blonda señorita que cantaba valses y habaneras en el sótano del hotel Bolívar. Segura de sus encantos, Cesy dejaba que algunos la compararan con Verónica Lake, una rubia ascendente en el firmamento de Hollywood, y que otros (en la bruma de alguna borrachera) dijeran que era la trilliza perdida de la familia Martínez Suárez, separada al nacer de sus hermanas Mirtha y Silvia. Historias y más historias, que alimentaron esa leyenda.

A la muerte de la gran Elvira Travesi en Madrid, cuando casi alcanzaba los 90, sus amigos hallaron una caja con fotografías y notas de puño y letra. Una de esas fotografías es ésta que ahora tengo entre mis manos. Miro al dorso y allí encuentro la inconfundible letra de Cesy, con un mensaje enigmático: “Hay golpes, en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”


 Oscar Taffetani, periodista, escritor. Buenos Aires.