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lunes, 25 de julio de 2011

Despedida



Mi vieja no acotó nada ni a favor ni en contra. Fue simplemente neutral. No reaccione a contestar nada,el tipo me dijo que dejara la casa en ese mismo momento, lo mire y nada más me quede pensando. Y me dije si eso quiere, eso hare. Sin excusas iba a darle el gusto .

Una compañera de la escuela vivía a la vuelta de mi casa había dejado la escuela y trabajaba en Capital Federal, teníamos la misma edad. Le había conseguido un trabajo su vecina. Era de noche golpee las manos en su portón y le pedí que me avisara de algún trabajo para mi.

Mi escape siempre había sido irme a la casa de mi prima que vivía a lado de mi casa un pequeño portón dividía su terreno del mío, este comunicaba a su casa.Acostumbrábamos a cerrar la puerta con llave de su cuarto y nos pintábamos la boca con un labial rojo y se mirábamos al espejo enorme que tenia su viejo ropero de tres puertas; nosotras jugábamos a ser grandes y estábamos en plena edad del pavo, escuchábamos música en vivo de boliches y bailábamos, éramos ella y yo. Si mi vieja me necesitaba enseguida me pegaba el grito desde el patio de atrás y me iba corriendo. Ese día le conté a prima que me iría a Buenos Aires a trabajar. Ella lloró por mí; las dos lloramos porque sabíamos que no nos volveríamos a ver. Nosotras habían sido amigas hasta entonces.

La mañana siguiente mi vieja y yo viajamos hasta Capital. Estaba ansiosa pero el trayecto se hizo corto. Luego de bajar del colectivo caminamos cuatro cuadras o cinco buscando la dirección de la casa. Un hombre lavaba su auto en la vereda un Renault doce, ahí era la casa, el portón del garaje estaba abierta. Hacía calor. Un calor que rajaba la tierra, era pleno agosto caminamos por un pasillo largo de paredes altas y calurosas, la puerta de entrada al departamento estaba abierta, una mujer mayor sentada en una silla de playa en la cocina. Estaba expectante al ruido .Nosotras nos acercáramos lentamente a la puerta. Cuando entre en el departamento apestaba a enfermo, a remedios, enseguida la mujer exclamó con cierta confianza: que le colocará unas gotas oftalmológicas por que era la hora. Desayunaba té con galletitas de salvado, con edulcorante. Me di cuenta por que estaba sobre la mesa. Minutos después el hombre que estaba en la vereda entro. Ella nos señalo que él era su esposo. Después mi vieja se marchó. Yo me quede ahí. La octogenaria. dependía de mí.

La anciana me ordenaba que le lavara la cabeza en la pileta de la cocina con el detergente de los platos por que ella decía que así le quedaba mejor.
Mi habitación era un living comedor, un sillón que se hacia cama por la noche, no había un placar para mí. Igual no hacia falta yo tenia pocas cosas, todas cabían en una bolsa.