Cincopa Gallery

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lunes, 13 de enero de 2014

CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. BENEDICTO DE BONIS

La sirena de los cien bares limeños


 La llamaban Melodía, aunque todavía se desconoce su verdadero nombre. La única foto que hay de ella nada parece informar sobre algún tipo de mansa melodía… o sí, depende de qué le inspire a cada uno.


 Melodía era armonía por sus curvas, dicen. Melodía tenía cuerdas, las más vibrantes cuerdas vocales de su época, y cómo se extrañan. Melodía era una especie de sirena que encantaba con su voz y su belleza dejando a los marinos del asfalto a su disposición, aunque para mí eso es más mito que realidad. Sus actuaciones le merecieron el apodo de “la Sirena de los cien bares limeños”.

 Si me preguntan… y sino también, la foto cuenta cosas que nunca nadie dijo de Melodía. Aquella mano apretando el tapado no era de seda como las de aquellas jóvenes que nacen suaves, finas, con piel de maquillaje para flashes. Su rostro alargado y el caudal de venas ramificándose hasta sus dedos era el resultado del esfuerzo previo. Años de labrar y coser antes de que se abran las puertas del primer bar. Pero nadie se fija en eso. Todos miraban un poquito por encima de la mano. El pez tuvo que nadar contra la corriente bastante tiempo para llegar a ser Sirena. Pero hay que aceptar que en Melodía nunca fue importante lo que contaba sino lo que cantaba y mostraba sobre el escenario.

 Una vez leí un artículo del boletín del mítico bar Negro-Negro que hacía referencia a esa mirada: “… su ojo izquierdo era la clave, apenas más grande que el derecho. O en realidad era su ceja negra la que daba esa sensación. Tenía una ceja más gruesa e imponente, resultando de dicha asimetría un carácter distintivo…”

 No era la mujer más linda de todas pero a la vez lo era. Era cuestión de conocerla, escucharla, verla levantar levemente su ceja izquierda. Ella mandaba porque sabía mejor que nadie lo que quería. La actitud en una sirena lo es todo. Primero cautiva con su voz y entonces hace  resaltar la belleza que hay detrás puliendo las imperfecciones. Pero las sirenas son peligrosas por la dualidad de su carácter… y vaya si lo tenía Melodía. Yo doy fe.




 Se podía vestir de lo que fuera, con muchas prendas o pocas pero siempre destacaba. Podía ser elegante y avasallante a la vez. Le gustaba ser admirada, aunque ese tiempo ya pasó. Tuvo a cuanto hombre quiso y por eso mismo no tuvo a ninguno.
 

 Algunos dicen que su verdadero nombre era Hortensia, otros dicen que se llamaba Rosa y otros que era Evangelina. Sólo yo lo sé. Hoy cumplo 100 años, creo, y me encuentro con esta, la única foto que me dejé tomar, el documento que agiganta o diluye el mito de Melodía, la sirena de los cien bares limeños.
  
 Mi mano y mis recuerdos vibran y son poco estables, mi voz ya no vibra más. La Verdad está muy cerca de viajar conmigo, aunque ni yo estoy tan segura de poder contar una Verdad. Melodía es un poco de lo que todos contaron de mí y mucho menos también. Soy la de la ceja izquierda gris que sobresale a las arrugas. En el vibrar de mis pupilas, frente al espejo, repaso cien años en apenas cien segundos. Fueron como cien hombres y ciento un fracasos, cien flashes y sólo una foto, la que lo cuenta todo, la que no cuenta nada.

 Dentro de poco no estaré más, ya estoy cansada. Sólo quedará este testimonio, el que seguramente hablará de mi fascinación por las pieles blancas, de mi predilección por los bucles, de mi mirada asesina, de aquellas frases que nunca dije, las grandes amigas que nunca tuve y aquellos hombres que fueron mis amantes y jamás conocí. Y bienvenido sea porque volveré a captar la atención. En mi presencia se han inventado más de cien historias, es hora de que se canten otras cien en mi ausencia.

Hasta siempre,


Melodía





Benedicto De Bonis , escritor y dibujante. Buenos Aires



viernes, 10 de enero de 2014

CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. PAULA VELCHEFF



                             Dos nuevas

-¡Ya no te soporto más! Cerró la puerta de la habitación con una fuerza como para no dejar dudas de la decisión.

Una vez en el hall de entrada saludó a Lela, la señora que la había acompañado desde el primer día de matrimonio. Ella sí que le fue fiel, diría que la única. Supo callar, oír sin opinar, abrazar y desaparecer en los momentos oportunos. Le dio pena por Lela, tampoco pudo tener hijos. En eso estaban más que unidas. Batallando años, pero las cosas por algo son así. A veces uno se empeña en luchar contra el destino y, en realidad, nuestra existencia pasa por otro lado.

Fueron muchos golpes que recibió y el dinero no los pudo tapar, en alguna oportunidad ponerse un billete directamente en el moretón no hubiese alcanzado a tapar tanto dolor, y rabia contenida. Por eso cuando Max, su único amigo, (porque fue el que supo de su soledad desesperada desde el primer momento en el que entró en el curso y no despertaba celos en Pedro sino hubiese sido otro el final) le propuso fotografiarse como realmente la conocía: histriónica, sensual, alegre con un dejo de tristeza como los carnavales.

Ella aceptó. Pensó que Pedro jamás encontraría esa foto pero no contó con el apoyo de las amantes, siempre dispuestas a desmerecerla en público, para ocupar el lugar de señora que tanto soñaban.

Apareció en un anuario, en la anteúltima página del lado derecho, casi como un juego promocionando el arte de su amigo. Nadie la hubiese conocido, sus cabellos solo los soltaba de noche para acicalarlos, o cuando Lela se lo pedía, para practicar los peinados de moda. Su piel, la más cuidada, siempre cubierta de pies a cabeza incluso en las fiestas, vestidos recatados, sombreros, guantes de seda por la alcurnia, el sol y los celos.

Y esa mañana cuando Pedro entró como si fuese la última golpiza que le daría, ella estaba tranquilamente apoyada en la cama, vestida como en la foto, con los cabellos dorados como cascadas en sus hombros, sus piernas en busca de las calles no recorridas y una sonrisa nerviosa y radiante. Él gritó tanto y tan fuerte como nunca, pero la ignorancia hacia su actitud fue lo que hizo que de a poco fuera bajando el tono, incluso la postura fue decayendo, todo esto indirectamente proporcional a los gritos y la actitud de la mujer que estaba despertando del letargo. Le vomitò los quince años de angustia y desesperación en cuatro versos y se marchó.

A la salida le agradeció a Lela y la invitó a partir.


Ambas cruzaron la avenida con lo que llevaban puesto. Una con delantal de cocina que se arrancó como una cáscara añeja, la otra con su nueva corteza, llena de sueños y esperanzas.



Paula Velcheff . Artesana 





CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. JORGE. B. MOSQUEIRA




                              Antonia


Antonia se dio cuenta que hablaba sola más de tres meses después. “Estoy loca”, pensó, pero inmediatamente se contradijo. “No, no estoy loca. Soy charlatana, me gusta hablar”. Desde la muerte de su marido siguió viviendo en la misma casa sin tocar nada de lo que estaba distribuido en cada una de las habitaciones. La noche siguiente al velorio preparó la cena como de costumbre, con raciones abundantes, como si Benjamín fuera a llegar en cualquier momento. Poco a poco fue reduciendo las cantidades, hasta que solo cocinó para ella, aunque algo más de lo que toleraba, por las dudas. Ese resto iba a la basura.


Sus hijas insistieron más de una vez, en sus infrecuentes visitas, que modificara todo y hasta que vendiera el caserón y se mudara a un departamento más chico. Antonia hizo oídos sordos y siguió viviendo así, como si nada hubiera cambiado.

Una mañana, cerca del mediodía, le llegó una intimación por un pago no efectuado del impuesto inmobiliario. Tenía un atraso de seis meses y Antonia se asustó. Benjamín era quien llevaba las cuentas y era muy cuidadoso de pagar cada una de ellas. Estaba segura que se trataba de un error. En algún lado debía estar el comprobante.

“La carpeta”, se dijo. Benjamín guardaba todo en una carpeta del último cajón de la cómoda, en el dormitorio.

El cajón desbordaba de papeles, pero la carpeta estaba prolijamente distribuida por rubros: gas, luz, impuestos… Puso la carpeta sobre la cama, dispuesta a encontrar el comprobante, pero en el traslado se desprendió una hoja tamaño carta que Antonia recogió inmediatamente. Era una foto. Antonia quedó paralizada, empalideció. Nunca había visto esa foto.

Se trataba de una mujer joven, de cabello rubio platinado, ondulado y largo. Estaba sentada sobre un taburete, envuelta por una larga estola blanca de visón que la cubría casi totalmente. Quedaban al descubierto sus hombros y las largas y hermosas piernas, enfundadas en medias de nylon oscuras. Con una mano sostenía la estola, como si fuera a caerse de un momento a otro y dejarla totalmente desnuda, a partir de la curva de sus pechos que se adivinaban duros y encumbrados. La pose era provocativa, pero la expresión de su rostro, hermoso, decía otra cosa. Tenía una mirada tierna. La sonrisa remataba aquella ternura de los ojos: carecía de lascivia o erotismo. Era muy dulce.


Antonia se sentó sobre la cama y quedó un largo rato mirando la foto, los detalles, el conjunto. ¿Quién sería esa mujer? ¿Por qué Benjamín la había ocultado y conservado tan celosamente? No había ninguna descripción ni anotación al dorso. Por la pose, el peinado y la poca ropa que la cubría, esa foto era de la época en que en Benjamín y ella se habían conocido, por los años ‘50. Si no fuera por el rostro ovalado de aquella desconocida, podía haberse confundido con las imágenes de Marilyn Monroe cuando estaba en su plenitud.


Antonia olvidó el comprobante que buscaba y quedó confundida. Sentía que su vida había cambiado de un modo que no comprendía. Esa noche durmió poco, mientras pasaba por su cabeza un carrusel de preguntas, dudas, incertidumbre, todo a partir de aquella foto que nunca le había mostrado Benjamín. ¿Quién era? ¿Qué papel había jugado en su vida? Aunque se había acostado, como siempre, sobre el borde izquierdo de la cama, en un momento decidió ocupar el centro. Pero fue inútil. No lograba dormir.


Durante los días que siguieron siguió pensando alrededor de ese súbito misterio que se le presentaba. No parecía que la mujer de la foto hubiera pertenecido a una amante de Benjamín. Estaba hecha en un estudio y váyase a saber cómo había ido a parar a sus manos, pero lo inquietante es que haya sido guardada tanto tiempo. Además, se encontraba un poco ajada, manoseada, lo que sugería que tuvo muchas oportunidades de ser admirada. Tal vez se masturbaba con ella, en especial porque ofrecía un claro contraste con la figura de Antonia, más bajita, morocha y melena corta en aquellos tiempos. ¿Sería su mujer ideal, hábilmente escondida en los pliegues de sus deseos, nunca confesados? Benjamín siempre juró que ella, Antonia, era la mujer que volvería a elegir como pareja.

De pronto, una idea la hizo estremecer. Era probable que, cada vez que hicieron el amor, Benjamín tuviera en mente a esa mujer. Que no era ella quien estuviera en verdad en sus brazos, sino aquella otra, esa rubia platinada. La odió y hasta pensó en destruir la foto, que había quedado sobre la cómoda, tal como la había dejado el día que la encontró.

Dos días más tarde, se le ocurrió algo diferente. Esa foto podría pertenecer a la imagen idealizada que Benjamín tenía de ella. Siempre había sido delicado, atento, cariñoso y le había demostrado su amor en los casi cuarenta años de matrimonio. No era “la otra”, sino ella. Tomó la foto del lugar adonde la había abandonado y la llevó a un artesano del centro. Eligió un marco con relieves y hojas doradas, lo más parecido a los que se usaban en los ’50. A los pocos días la llevó a su casa cuidadosamente envuelta y de un modo algo furtivo. Una vez dentro, colocó la foto arriba de la cómoda, en el centro, para que todas las miradas fueran atraídas por esa imagen central.


A la semana siguiente, tocaron el timbre. Era una señora del barrio que, con frecuencia, venía a pedir cualquier tipo de ropa que le sobrara, para su marido y sus hijos. Antonia le hizo entrar y le pidió que la esperara. Recogió todo lo que había quedado de Benjamín, camisas, trajes, zapatos, corbatas, todo. Estaba haciendo un paquete en la habitación cuando la mujer, que llevaba ya un rato esperando, se presentó en el dormitorio. Antonia se asustó, pero le pareció inadecuado echarla de allí. En silencio, siguió acomodando las cosas, hasta que le escuchó decir, refiriéndose a la foto enmarcada:

—   ¡Hermosa mujer! ¿Quién es?

—   Yo — respondió Antonia. — Esa foto me la hizo sacar mi marido al poco tiempo de casarnos.


Dio un último tirón al hilo del paquete, se lo entregó a la señora y la despidió en la puerta, sin más.



   Jorge B. Mosqueira, escritor. Buenos Aires 

                            










CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. LUZ MARUS




             With that look 

Me mira a mí. El de bigotito, fino, me mira a mí. Miren cómo me mira. Pero se está casando con otra. Con esa que me mira mal. Esa morocha de ojos achinados que  me mira a mí, y no lo mira a él, porque sabe que él me está mirando a mí.
El divorcio les llegó temprano y no saben qué hacer con sus deseos.
Son convencionales y postmodernos.
Los bigotes me pueden.
Se casa con esa morocha pero miren cómo seduce, a la cámara, a vos y a mí, a todas.
La pobre cara de la mina me hace imaginar cómo será su futuro. No te podés casar con un galán tan joven. Tan joven el galán, onda que da para sufrir. El galán viejo también, pero ya no hay tanto tiempo, ni ganas. No da.
Error morocha de ojos achinados que no ves adónde van sus ojos  que no van para tu lado. O lo ves pero crees que los papeles y el auto y el ramo y el vestido blanco te van a servir de algo. Yo veo esos ojos y no puedo evitar verlo todo. Los de él, y sus bigotes finos.
Y that look for ever.
  

Luz Marus, escritora, cineasta. Buenos Aires
 




CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. XOLOTL OROZCO





                         La foto 

Esa noche  Olga caminaba con una lentitud poco común, no importaba cuánto tiempo le llevaría cruzar las calles del centro para llegar a casa, nadie la esperaba esa noche, nadie abrazaría sus largas horas de ausencia, nadie preguntaría el usual “cómo fue el día hoy”.

Las ideas se agolpaban en la mente sin lograr aclarar cómo había sucedido todo. Apenas ayer, entre risas y caricias, podía sentirse más que amada, apenas ayer no habría cambiado la vida con nadie. Más felicidad no podía existir pero en estos momentos hubiese dado todo por no ser ella, por no sentir cómo el dolor le arrancaba cada parte de su ser. ¿Cómo pudo pasar? ¿Qué fue lo que hizo mal para que la vida le arrancara de tajo lo único que tenía?

Recordó de pronto aquella tarde cuando conoció  a Ignacio. Volvió a escuchar su risa estridente y sincera, pensó en las fotos que él le tomó ese día entre las pequeñas florecillas silvestres. Recordó cuando se mudaron juntos a esta ciudad llena de color y esperanzas,  cuántos planes abrigaron juntos en aquel pequeño departamento tan cerca del centro, qué lejana se sentía toda esa dicha. Veía pasar los recuerdos en su memoria confundiéndose con la terrible noticia, ¿ Y si estuviera soñando? ¿Y si no es cierto que ese camión arrolló a Ignacio cuando iba a revelar las últimas fotos para el periódico?

De pronto aceleró el paso. Necesitaba llegar a casa para abrazar a Ignacio y contarle el mal sueño que había tenido, quería  sentir cómo el calor de sus brazos la envolvían sumergiéndola en un mundo que sólo ellos podían entender, quería llenarse de su olor a limpio, de su mirada profunda.

Al sacar las llaves de su bolso cayó la cartera de Ignacio. Las lágrimas apenas la dejaron distinguir la primera foto que él le tomó cuando llegaron a su departamento.



 Xolotl Orozco. Artista plástica, México D.F.




CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. ANGIE PAGNOTTA



La forma más absurda de vivir

Había esperado. Hacía tiempo que quería llegar al altar. Deseaba estar con la mujer que amaba y jurar amor eterno. Amor que sentía desde el primer momento en que vió a María, en el colegio secundario. Había pasado días y noches añorando a esa mujer que –por fin- se convertiría en su esposa. La conquista no fue fácil: María era algo reticente y parca. Siempre parecía estar muy ocupada en sus actividades y nunca tenía tiempo para él. Su mejor amigo, Juan, le había dicho que quizás no la entendía porque no eran compatibles. Rodolfo le dijo que eso no importaba, que a veces, uno se enamora de quién parece no corresponder, hasta que el tiempo acomoda y te da la razón.
Una vez logrado el objetivo de acercarse, Rodolfo había confirmado que era una mujer dulce y noble. Él se enamoró aún más, cuando descubrió que era compañera y solidaria. A veces le reclamaba más tiempo para él y más demostraciones de cariño. María lo conformaba al decirle: “Estar juntos es la mejor demostración que puedo darte”.

Después de la ceremonia, él estaba contento por el paso que acababa de dar. Ella sonreía y saludaba a todos los invitados. Nunca se les borró la sonrisa, sólo se les borró para la última foto, subiendo al coche que los llevaría a su morada.  
Pasadas algunas horas. El matrimonio estaba en el hotel boutique donde se hospedarían durante su luna de miel. Ella estaba sentada al borde de la cama, mirando el piso. Con sus manos sostenía parte del velo.
Rodolfo, su flamante esposo, salió del baño y le preguntó qué le pasaba.
María quedó en silencio unos segundos y sonrió.
Él volvió a preguntar.
Silencio.
Su esposa levantó el rostro y le sonrió para calmarlo. Se levantó de la cama; se acercó y le dijo que se quedara tranquilo, que no pasaba nada.
Ella, para cambiar el clima, le dijo que descorchara la botella de champagne que estaba en la heladera. A él le pareció una buena idea.
Caminando hacia la heladera lentamente, no dejó de pensar ni un minuto en qué le ocurriría a su esposa. Pensó en que quizás estaba nerviosa, tan nervioso como él.
Encontró la botella, la destapó y sirvió dos copas.
Se acercó a María y le pidió unas palabras antes de brindar. Ella respondió sonriendo levemente y le dio un beso en la mejilla.
Él la miró como pidiendo más.
Ella se llevó la copa a la boca y él la detuvo.

–Momento, yo sí voy a hablar.

Luego de una pausa, Rodolfo dijo:

– Desde que te conocí y te ví por primera vez, supe que serías la mujer con la que quería casarme. Tu frescura, tu bondad y tu simpleza como mujer hicieron que me enamorara. Al principio tuve miedo por tu forma de ser, de notarte algo distante o de ser demasiado seria. Luego comprendí que eras una mujer noble, con buenos valores, auténtica y especial. Jamás me enamoré tanto como te amo a vos. Sos mi amor y la luz que me guía, creo que si algún día me faltaras no sabría qué hacer ni cómo vivir. Gracias por todo tu amor y tu afecto, lo siento profundo en mi corazón y es lo que me mantiene feliz y vivo. Te amo, hermosa mía, te amo.
Al pronunciar las últimas palabras, María tenía los ojos llenos de lágrimas. Quedó en silencio.
– No te preocupes amor, dijo Rodolfo secándole las lágrimas que empezaban a caer, éstas lágrimas hablan por vos; de tu felicidad; de nuestra felicidad.
– No, no, Rodolfo, no.
– ¿No? ¿No qué? ¿Qué te pasa, María?

Hubo silencio.

– María, decime qué te pasa.
– Nada, nada, está todo bien, no te preocupes.

Rodolfo no se tranquilizó y le pidió que le diga qué le pasaba.

– No puedo más, dijo María
– ¿Con qué? ¿Qué te pasa?



María lo miró a los ojos y pidiéndole disculpas le dijo: “Yo no te amo, Rodolfo. Quise pero no te amo. Siempre estuve enamorada de Juan y aunque me arrepiento de esto, no me arrepiento de lo que siento. Estoy embarazada de él, vamos a tener un hijo”.

Angie Pagnotta, periodista. Buenos Aires








CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. OSCAR TAFFETANI




                Cesy, en una foto 


La tengo. A la de la foto, la tengo. Es Cesy  Reyes Mendía, la hija de Mirtho, una novia adolescente que tuvo el Cholo Vallejo  en sus tiempos de Trujillo. 
 

Mirtho (Zoila Rosa Cuadra era su nombre completo) lo conoció al Cholo recién recibido de bachiller en Letras y cuando curaba sus heridas del tumultuoso romance con María Rosa Sandoval. Fue una noche de amor y borrachera (más lo segundo que lo primero) y la púber quedó encinta.
 

En la familia de los Cuadra (de misa diaria en Trujillo, aunque después, al trasladarse a Lima, relajaron sus costumbres) la posibilidad de interrumpir el embarazo ni se soñaba:  la niña gestaría el fruto de aquella noche de amor borrascoso y el  bebé llevaría el nombre de su padre abandónico: César.
 

Se cumplieron los nueve meses de rigor (Mirtho casi no asomaba a la calle, al cuidado de las monjas del convento del Carmen) y nació la criatura, que no era un varón, sino una niña, razón por la que “César” se convirtió en “Cesárea” (y más tarde en Cesy, que sería su nombre artístico). 
 

Cesárea Cuadra era la beba de Mirtho, quien a partir de ese momento comenzaría a escribir apasionadas cartas a su amante de una noche, el joven profesor, de  vocación viajera, César Abraham “Cholo” Vallejo Mendoza.

Vallejo no contestó una sola carta de Mirtho, ni desde Lima cuando hacía el doctorado, ni desde Valencia ni desde París o cualquier otra ciudad del mundo en donde posara sus pies.  Mirtho no reclamaba nada. Cesy crecía y era una bella niñita, ya casi adoptada por el Dr. Ignacio Mendía, amigo de la familia y constante protector de su madre.

Circa 1928, Mirtho se enteró (porque esas noticias vuelan) de que el poeta Vallejo estaba comprometido con una joven francesa,  Georgette Marie Philippart Travers, hija de un encumbrado militar y héroe de guerra. La traición era doble. O triple. Traición a Mirtho, en primer lugar. Traición a la poesía. Traición al Perú.
 

Con lágrimas y furia escribió su última carta (documento que nos facilitó un coleccionista), en donde le dice que la bella Cesy, en realidad, no es hija “del poetastro Vallejo” (sic), sino de “el gran poeta Pablo Neruda”  (né Eliécer Neftalí Reyes) y que a partir de ese día comenzará llevar el apellido de su verdadero padre.

Retomamos esta historia hacia 1942, cuando el mundo todavía recibía el azote de la segunda gran guerra. La ciudad de Lima no había perdido su antiguo esplendor  y a pesar de las restricciones disfrutaba de una discreta vida nocturna, con hoteles y cabarets que permanecían de puertas abiertas hasta casi el mediodía.

Una leyenda urbana de aquella Lima era Cesy Reyes Mendía, blonda señorita que cantaba valses y habaneras en el sótano del hotel Bolívar. Segura de sus encantos, Cesy dejaba que algunos la compararan con Verónica Lake, una rubia ascendente en el firmamento de Hollywood, y que otros (en la bruma de alguna borrachera) dijeran que era la trilliza perdida de la familia Martínez Suárez, separada al nacer de sus hermanas Mirtha y Silvia. Historias y más historias, que alimentaron esa leyenda.

A la muerte de la gran Elvira Travesi en Madrid, cuando casi alcanzaba los 90, sus amigos hallaron una caja con fotografías y notas de puño y letra. Una de esas fotografías es ésta que ahora tengo entre mis manos. Miro al dorso y allí encuentro la inconfundible letra de Cesy, con un mensaje enigmático: “Hay golpes, en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”


 Oscar Taffetani, periodista, escritor. Buenos Aires.