Cincopa Gallery

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jueves, 28 de octubre de 2010

Hallowen-Lovecaft-El árbol





En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno a las ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida con las más sublimes esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia que la casa. A un extremo de la tumba, con sus peculiares raíces desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por el tiempo, crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la muerte, que los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna brilla débilmente a través de sus ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de los parajes predilectos del temible Pan, el de la multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive en una cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.

Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente, vivían en ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se alzaba en un marmóreo santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en Atenas, cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad fraternal.

Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de ser no eran iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres urbanos de Tegea, Calos prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de la vista de sus esclavos al fresco amparo del olivar. Allí meditaba sobre las visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas de belleza que posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto, comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que sus estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se codeaba... ya que jamás llevaba a cabo sus trabajos partiendo de modelos vivos.

Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de Siracusa despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de Tycho que planeaba erigir en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par había de ser la estatua, ya que habría de servir de maravilla a las naciones y convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de cualquier pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides estaban invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra conocido, y el astuto tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se prestarían mutua ayuda y consejo; así que tal apoyo produciría dos imágenes de belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría incluso los sueños de los poetas.

Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en los días siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los cinceles. Calos y Musides no se ocultaron sus trabajos, aun cuando se reservaron su visión para ellos dos solos. A excepción de los suyos, ningún ojo pudo contemplar las dos figuras divinas liberadas mediante golpes expertos de los bloques en bruto que las aprisionaban desde los comienzos del mundo.

De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de banquetes de Tegea, mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según pasaba el tiempo, la gente advirtió cierta falta de alegría en el antes radiante Musides. Era extraña, comentaban entre sí, que esa depresión hubiera hecho presa en quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos honores artísticos. Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de Musides no se leía sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la situación.

Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual nadie volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos escultores era de sobra conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos acudieron a visitar a Calos, advirtiendo en efecto la palidez de su rostro, aunque había en él una felicidad serena que hacía su mirada más mágica que la de Musides... quien se hallaba claramente absorto en la ansiedad, y que apartaba a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus propias manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras inacabadas de Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su fiel enfermero.

Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las atenciones de los perplejos médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos pedía con frecuencia que le llevaran a la tan amada arboleda. Allí rogaba que lo dejasen solo, ya que deseaba conversar con seres invisibles. Musides accedía invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos al pensar que Calos prestaba más atención a faunos y dríadas que a él. Al cabo, el fin estuvo cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos le pidió que no hablara más sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se albergaba en el pensamiento del moribundo: que unas ramitas de ciertos olivos de la arboleda fueran depositadas enterradas en su sepultura... junto a su cabeza. Y una noche, sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.

Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de mármol que el afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el mismo Calos hubiera podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los esplendores del Eliseo. Tampoco descuidó Musides el enterrar junto a la cabeza de Calos las ramas de olivo de la arboleda.

Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación, Musides trabajó con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le pertenecía ahora, ya que el tirano no quería sino su obra o la de Calos. Su esfuerzo dio cauce a sus emociones y trabajaba más duro cada día, privándose de los placeres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes transcurrían junto a la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la cabeza del yaciente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña era su forma, que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de sorpresa, y Musides parecía encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por él.

A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al tirano, y se comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba concluida. Para entonces, el árbol de la tumba había alcanzado asombrosas proporciones, sobrepasando al resto de los de su clase, y extendiendo una rama singularmente pesada sobre la estancia en la que Musides trabajaba. Mientras, muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como para admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas. Pero a él no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer el quedarse a solas ahora que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El poco alentador viento de la montaña, suspirando a través del olivar y el árbol de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos vagamente articulados.

El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. De sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran imagen de Tycho y para rendir honores imperecederos a Musides, por los que los próxenos les brindaron un recibimiento sumamente caluroso. Al caer la noche se desató una violenta ventolera sobre la cima del Menalo, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la ciudad. Hablaron acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad, refocilándose en la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él. Y entonces los hombres de Tegea hablaron acerca de la bondad de Musides, y de su hondo penar por su amigo, así como de que ni aun los inminentes laureles del arte podrían consolarlo de la ausencia del Calos, que podría haberlos ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la tumba, junto a la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y tanto los siracusanos como los arcadios elevaron sus preces a Eolo.

A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano cuesta arriba hasta la casa del escultor, pero el viento nocturno había realizado extrañas hazañas. El griterío de los esclavos se alzaba en una escena de desolación, y en el olivar ya no se levantaban las resplandecientes columnatas de aquel amplio salón donde Musides soñara y trabajara. Solitarios y estremecidos penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso peristilo mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño árbol nuevo, reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en mármol a un montón de ruinas espantosas. Extranjeros y tegeanos quedaron pasmados, contemplando la catástrofe causada por el grande, el siniestro árbol cuyo aspecto resultaba tan extrañamente humano y cuyas raíces alcanzaban de forma tan peculiar el esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y desmayo aumentó al buscar entre el derruido aposento, ya que del noble Musides y de su imagen de Tycho maravillosamente cincelada no pudo hallarse resto alguno. Entre aquellas formidables ruinas no moraba sino el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron decepcionados; los siracusanos porque no tuvieron estatua que llevar a casa; los tegeanos porque carecían de artista al que conceder los laureles. No obstante, los siracusanos obtuvieron una espléndida estatua en Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en el ágora un templo de mármol que conmemoraba los talentos, las virtudes y el amor fraternal de Musides.

Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de Calos, y el anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en las noches ventosas, diciéndose una y otra vez: ¡yo sé! ¡yo sé!

domingo, 24 de octubre de 2010

Los cadáveres

Los cadáveres, es un relato de trama corto basado en la ficción, la historia es contada rápidamente con intrigas desde el comienzo de la misma .Esta cuenta la historia de un joven que muere en un accidente .Una madre quien enfrenta dos perdidas en un lapso de tres meses. Transcurren historias burocráticas y de corrupción donde un grupo organizado lucra con los difuntos. La ficción desarrolla el trayecto de personajes, mientras suceden cosas inexplicables hasta que por fin interviene la justicia.

La fábrica

La fábrica, es una ficción de trama oscura y corta. Donde se suceden los hechos demasiado rápido. Este se halla rodeado de misterio .Cuenta la historia que vive un joven que de alguna manera es abandonado por su propia madre, ya que ella decide mudarse lejos de su país natal ,por asuntos laborales. El protagonista de la trama se muda a vivir con un perfecto desconocido, su padre quien no ve hace tiempo.




El joven empieza a estudiar y trabajar con su padre de manera alternada hasta que casi queda al mando de todo. De manera inesperada vive una situación que acude a resolver drásticamente. Quien intenta pedir ayuda pero no tiene demasiado tiempo y decide hacer desaparecer el cuerpo dentro de la fábrica.

martes, 19 de octubre de 2010

Mi último viaje


Un rebaño de ovejas un poco sucias,algunas cabras. Las calles de arena blanca. Montes naturales. Flores silvestres rojas y violáceas. Un monte desierto y por las dudas no me bajo del auto por que dicen en estos lugares remotos hay pumas, jabalíes y panteras que te consumen...
Luego pase por un pueblo fantasma. En una de las precarias viviendas poseía una siambreta 125 oxidada, botellas vacías y cosas viejas. Los río estaban crecidos por la ultima tormenta lo lejos las ondulaciones escarlatas entremezcladas con el azulado cielo.

Villa del Pozo de Piedra ,es una entrada que halle de una antigua y primitiva quinta en el medio de la nada a unos cuantos kilómetros al sur. Cerca de allí una jauría de perros que nos corrieron al salir de un rancho abandonado.
Capturamos cuantiosos instantes con la cámara fotográfica.

Llegando a La Cruz, allí la fuerte mineral de agua resbalaba entre las piedras con fuerza desde los cerros, a las 14:00 horas el sol calentaba. Los fresnos eran enormes. El aroma era fresco. Mi cabello se volaba con el aire fresco .Al subir el camino de ripio llegamos al monasterio. Nos cruzamos con un micro de turistas .
Atravesamos puentes de hierro .En el horizonte las sierras de los comechigones se esfumaban con el aura. Murallas interminables de piedras dividían los campos y el paisaje estaba cubierta de flores amarillas pero los bosques estaban afligidos, secos y tostados el último incendio había acabado con ellos. Las varillas de los alambrados estaban chamuscados por el fuego. Pájaros verdes volaban cerca. Al descender el sol emprendimos el viaje de regreso. Al salir a la ruta esta estaba iluminada

jueves, 7 de octubre de 2010

Ojos de lentejuelas


Tu armonía grita como el viento
ojos de lentejuelas,
piel transparente

El sonido de tu voz
es el ruido de las tinieblas
Manos lánguida
Tu risa me transporta

Tu alma cruje como,
hojas en otoño
Tus piernas
siempre huelen a perfume

Tu caminar es fuerte
como el mar,
Ardiente como el cosmos

Tu mirada huele a miel
Eres mi religión
Mi emoción
Mi canción


Tu cuerpo pesa tanto
como ,una pluma
Tu gesto me recuerda
a la bella espuma.

Tus latidos son
el sonido de mi abrigo
Te contemplo
con mi cuerpo
predico tu alma.

Eres el fuego fuerte
que se enciende.
Sombras de luciérnagas
Eres un montón de
Siluetas encrucijadas.

Cabellos cosmológicos,
tus ojos son como el
universo que me llama,
que me atrapa...

viernes, 1 de octubre de 2010

Tiempo en fuga -comentario a la narrativa de Sandra Avila- por Santiago Ocampos




Sandra Ávila es una escritora obsesionada por el tiempo. La brevedad de sus relatos hace que esta fijación, por la secuencia temporal, logre generar un clima de total incertidumbre. Las alusiones, al momento de la narración, son constantes e intentan hacer perder al lector en una espiral de hechos, que muchas veces no se suceden unos seguidos de otros.


La trama es sencilla pero no por eso pierde calidad y dramatismo. Al contrario, al sumergirnos en la subjetividad de los personajes, nos hace pensar en una reflexión en la que dudamos del mundo en el que afirmamos los pies. Al mezclarse las sensaciones del que narra y del que agoniza, el desenlace se torna tan inesperado como su posible explicación.


Otro de los ejes importantes, para la comprensión de los micro cuentos, es el destino. El punto de llegada de la narración no es un lugar físico, sino justamente una construcción mental que vuelve al principio del relato. Este retorno nos encierra en la subjetividad del narrador, por lo que quedamos cautivos de sus impresiones del hecho acontecido, lo que abre el juego a otras posibles versiones.


La indagación es constante y se vuelve asfixiante para quien intenta desentrañar el misterio, transmitiendo al lector su propia angustia perdiendo así su omnisciencia. Al librarse las posibles interpretaciones el texto se enriquece y obliga a releerlo ante la multiplicidad de significados planteados en una extensión breve.


En “Los álamos de Otoño”, el protagonista que cuenta la historia recrea en su mente el suicidio de una mujer. Al ver el cuerpo imagina las situaciones que llevaron a esa persona a tan drástica decisión. En un viaje mental y a través de diversas conjeturas reflexiona sobre los motivos por los cuales una persona pudo poner fin a su vida. Al mismo tiempo que piensa los hechos estos suceden realmente.


Este cuento corto nos pregunta a nosotros lectores si lo que vivimos es una realidad concreta o bien una ensoñación. Claramente esta división se traduce en una pregunta sin respuesta, a lo largo de lo descripto, que no encuentra otra explicación más que el misterio y el eco del silencio.


Sandra Ávila es una joven autora argentina que apoya las palabras en el papel con mucha frescura. Su voz es una reflexión y una búsqueda por la expresión precisa. Avanzando a paso firme por develar el propio misterio de su yo escritor que vive y sueña, escribe no sin temor pero con audacia y con la prisa del que canta por amor la palabra y encuentra ese segundo de inspiración por el que deja esta vida para ir tras los mundos que su imaginación le pide crear.