viernes, 10 de enero de 2014

CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. LA FOTO POR XOLOTL OROZCO





Esa noche  Olga caminaba con una lentitud poco común, no importaba cuánto tiempo le llevaría cruzar las calles del centro para llegar a casa, nadie la esperaba esa noche, nadie abrazaría sus largas horas de ausencia, nadie preguntaría el usual “cómo fue el día hoy”.

Las ideas se agolpaban en la mente sin lograr aclarar cómo había sucedido todo. Apenas ayer, entre risas y caricias, podía sentirse más que amada, apenas ayer no habría cambiado la vida con nadie. Más felicidad no podía existir pero en estos momentos hubiese dado todo por no ser ella, por no sentir cómo el dolor le arrancaba cada parte de su ser. ¿Cómo pudo pasar? ¿Qué fue lo que hizo mal para que la vida le arrancara de tajo lo único que tenía?

Recordó de pronto aquella tarde cuando conoció  a Ignacio. Volvió a escuchar su risa estridente y sincera, pensó en las fotos que él le tomó ese día entre las pequeñas florecillas silvestres. Recordó cuando se mudaron juntos a esta ciudad llena de color y esperanzas,  cuántos planes abrigaron juntos en aquel pequeño departamento tan cerca del centro, qué lejana se sentía toda esa dicha. Veía pasar los recuerdos en su memoria confundiéndose con la terrible noticia, ¿ Y si estuviera soñando? ¿Y si no es cierto que ese camión arrolló a Ignacio cuando iba a revelar las últimas fotos para el periódico?

De pronto aceleró el paso. Necesitaba llegar a casa para abrazar a Ignacio y contarle el mal sueño que había tenido, quería  sentir cómo el calor de sus brazos la envolvían sumergiéndola en un mundo que sólo ellos podían entender, quería llenarse de su olor a limpio, de su mirada profunda.

Al sacar las llaves de su bolso cayó la cartera de Ignacio. Las lágrimas apenas la dejaron distinguir la primera foto que él le tomó cuando llegaron a su departamento.



 Xolotl Orozco. Artista plástica, México D.F.




CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. LA FORMA MÁS ABSURDA DE VIVIR POR ANGIE PAGNOTTA



Había esperado. Hacía tiempo que quería llegar al altar. Deseaba estar con la mujer que amaba y jurar amor eterno. Amor que sentía desde el primer momento en que vió a María, en el colegio secundario. Había pasado días y noches añorando a esa mujer que –por fin- se convertiría en su esposa. La conquista no fue fácil: María era algo reticente y parca. Siempre parecía estar muy ocupada en sus actividades y nunca tenía tiempo para él. Su mejor amigo, Juan, le había dicho que quizás no la entendía porque no eran compatibles. Rodolfo le dijo que eso no importaba, que a veces, uno se enamora de quién parece no corresponder, hasta que el tiempo acomoda y te da la razón.
Una vez logrado el objetivo de acercarse, Rodolfo había confirmado que era una mujer dulce y noble. Él se enamoró aún más, cuando descubrió que era compañera y solidaria. A veces le reclamaba más tiempo para él y más demostraciones de cariño. María lo conformaba al decirle: “Estar juntos es la mejor demostración que puedo darte”.

Después de la ceremonia, él estaba contento por el paso que acababa de dar. Ella sonreía y saludaba a todos los invitados. Nunca se les borró la sonrisa, sólo se les borró para la última foto, subiendo al coche que los llevaría a su morada.  
Pasadas algunas horas. El matrimonio estaba en el hotel boutique donde se hospedarían durante su luna de miel. Ella estaba sentada al borde de la cama, mirando el piso. Con sus manos sostenía parte del velo.
Rodolfo, su flamante esposo, salió del baño y le preguntó qué le pasaba.
María quedó en silencio unos segundos y sonrió.
Él volvió a preguntar.
Silencio.
Su esposa levantó el rostro y le sonrió para calmarlo. Se levantó de la cama; se acercó y le dijo que se quedara tranquilo, que no pasaba nada.
Ella, para cambiar el clima, le dijo que descorchara la botella de champagne que estaba en la heladera. A él le pareció una buena idea.
Caminando hacia la heladera lentamente, no dejó de pensar ni un minuto en qué le ocurriría a su esposa. Pensó en que quizás estaba nerviosa, tan nervioso como él.
Encontró la botella, la destapó y sirvió dos copas.
Se acercó a María y le pidió unas palabras antes de brindar. Ella respondió sonriendo levemente y le dio un beso en la mejilla.
Él la miró como pidiendo más.
Ella se llevó la copa a la boca y él la detuvo.

–Momento, yo sí voy a hablar.

Luego de una pausa, Rodolfo dijo:

– Desde que te conocí y te ví por primera vez, supe que serías la mujer con la que quería casarme. Tu frescura, tu bondad y tu simpleza como mujer hicieron que me enamorara. Al principio tuve miedo por tu forma de ser, de notarte algo distante o de ser demasiado seria. Luego comprendí que eras una mujer noble, con buenos valores, auténtica y especial. Jamás me enamoré tanto como te amo a vos. Sos mi amor y la luz que me guía, creo que si algún día me faltaras no sabría qué hacer ni cómo vivir. Gracias por todo tu amor y tu afecto, lo siento profundo en mi corazón y es lo que me mantiene feliz y vivo. Te amo, hermosa mía, te amo.
Al pronunciar las últimas palabras, María tenía los ojos llenos de lágrimas. Quedó en silencio.
– No te preocupes amor, dijo Rodolfo secándole las lágrimas que empezaban a caer, éstas lágrimas hablan por vos; de tu felicidad; de nuestra felicidad.
– No, no, Rodolfo, no.
– ¿No? ¿No qué? ¿Qué te pasa, María?

Hubo silencio.

– María, decime qué te pasa.
– Nada, nada, está todo bien, no te preocupes.

Rodolfo no se tranquilizó y le pidió que le diga qué le pasaba.

– No puedo más, dijo María
– ¿Con qué? ¿Qué te pasa?



María lo miró a los ojos y pidiéndole disculpas le dijo: “Yo no te amo, Rodolfo. Quise pero no te amo. Siempre estuve enamorada de Juan y aunque me arrepiento de esto, no me arrepiento de lo que siento. Estoy embarazada de él, vamos a tener un hijo”.

Angie Pagnotta, periodista. Buenos Aires








CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. CESY, EN UNA FOTO POR OSCAR TAFFETANI




         
La tengo. A la de la foto, la tengo. Es Cesy  Reyes Mendía, la hija de Mirtho, una novia adolescente que tuvo el Cholo Vallejo  en sus tiempos de Trujillo. 
 

Mirtho (Zoila Rosa Cuadra era su nombre completo) lo conoció al Cholo recién recibido de bachiller en Letras y cuando curaba sus heridas del tumultuoso romance con María Rosa Sandoval. Fue una noche de amor y borrachera (más lo segundo que lo primero) y la púber quedó encinta.
 

En la familia de los Cuadra (de misa diaria en Trujillo, aunque después, al trasladarse a Lima, relajaron sus costumbres) la posibilidad de interrumpir el embarazo ni se soñaba:  la niña gestaría el fruto de aquella noche de amor borrascoso y el  bebé llevaría el nombre de su padre abandónico: César.
 

Se cumplieron los nueve meses de rigor (Mirtho casi no asomaba a la calle, al cuidado de las monjas del convento del Carmen) y nació la criatura, que no era un varón, sino una niña, razón por la que “César” se convirtió en “Cesárea” (y más tarde en Cesy, que sería su nombre artístico). 
 

Cesárea Cuadra era la beba de Mirtho, quien a partir de ese momento comenzaría a escribir apasionadas cartas a su amante de una noche, el joven profesor, de  vocación viajera, César Abraham “Cholo” Vallejo Mendoza.

Vallejo no contestó una sola carta de Mirtho, ni desde Lima cuando hacía el doctorado, ni desde Valencia ni desde París o cualquier otra ciudad del mundo en donde posara sus pies.  Mirtho no reclamaba nada. Cesy crecía y era una bella niñita, ya casi adoptada por el Dr. Ignacio Mendía, amigo de la familia y constante protector de su madre.

Circa 1928, Mirtho se enteró (porque esas noticias vuelan) de que el poeta Vallejo estaba comprometido con una joven francesa,  Georgette Marie Philippart Travers, hija de un encumbrado militar y héroe de guerra. La traición era doble. O triple. Traición a Mirtho, en primer lugar. Traición a la poesía. Traición al Perú.
 

Con lágrimas y furia escribió su última carta (documento que nos facilitó un coleccionista), en donde le dice que la bella Cesy, en realidad, no es hija “del poetastro Vallejo” (sic), sino de “el gran poeta Pablo Neruda”  (né Eliécer Neftalí Reyes) y que a partir de ese día comenzará llevar el apellido de su verdadero padre.

Retomamos esta historia hacia 1942, cuando el mundo todavía recibía el azote de la segunda gran guerra. La ciudad de Lima no había perdido su antiguo esplendor  y a pesar de las restricciones disfrutaba de una discreta vida nocturna, con hoteles y cabarets que permanecían de puertas abiertas hasta casi el mediodía.

Una leyenda urbana de aquella Lima era Cesy Reyes Mendía, blonda señorita que cantaba valses y habaneras en el sótano del hotel Bolívar. Segura de sus encantos, Cesy dejaba que algunos la compararan con Verónica Lake, una rubia ascendente en el firmamento de Hollywood, y que otros (en la bruma de alguna borrachera) dijeran que era la trilliza perdida de la familia Martínez Suárez, separada al nacer de sus hermanas Mirtha y Silvia. Historias y más historias, que alimentaron esa leyenda.

A la muerte de la gran Elvira Travesi en Madrid, cuando casi alcanzaba los 90, sus amigos hallaron una caja con fotografías y notas de puño y letra. Una de esas fotografías es ésta que ahora tengo entre mis manos. Miro al dorso y allí encuentro la inconfundible letra de Cesy, con un mensaje enigmático: “Hay golpes, en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”


 Oscar Taffetani, periodista, escritor. Buenos Aires.






CONVOCATORIA.FOTOS DE BAÚL. UNA MUJER DE SU ÉPOCA POR JUAN TERRANOVA



                        
    

   No era una chica frágil. Se nota. Y sabía divertirse. Le interesaba el dinero, la ropa, el confort. Conocía la noche, los bares, los lugares a los que había que ir. Los hombres le habían enseñado todo lo que la escuela y la familia no podían o no querían enseñarle. Su padre era adúltero. Se sentía culpable. Cuando ella creció lo perdonó. Lograda la experiencia, reunirla le llevó apenas unos tres años de vida intensa, comprendió que tener 27 años no era lo mismo que tener 30. Eso fue importante. ¿Qué hacer? Podía seguir así un poco más. El tiempo es tu frente más débil. Pero se tenía fe para llegar hasta una isla, hasta un refugio, y divertirse en el intento. Pero estoy seguro que se enamoró. Se enamoró y le pasó a lo que les pasa a las mujeres que se enamoran, se descolocan, perdió pie. Se sintió viva sin administración, sin horarios, con y sin maquillaje. Vivió para un hombre en vez de vivir a través de muchos. Fue feliz y después estuvo triste. Y luego ya no sé. Le pasó, digamos, lo que le pasa a casi todas las mujeres del mundo, pero a ella le pasó de noche, con autos, con pieles, con viajes. Con muchos tragos en la barra de bares centrales, de bares de ciudades capitales. No creo que haya conocido Nueva York. Pero en algún momento de su vida comprendió que no necesitaba ir tan lejos para estar más cerca de lo que la hacía sentir viva.  



Juan Terranova, escritor periodista. Buenos Aires.

                                 


CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. MARÍA AURELIA POR VERÓNICA MEO LAOS



  Me cuenta Borges que en una saga, el héroe, un guerrero valiente y vencedor, al final, ya viejo, está
sentado junto al fuego, en un invierno en Islandia, y una sirvienta lo echa, lo empuja afuera, donde
muere de frío. “A todos puede pasarnos”, agrega.
Adolfo Bioy Casares. Borges


“No la vi bien a María Aurelia”, pensé cuando la conduje hasta su cama. Tenía la mirada opaca, como perdida, y un color vela que -uhm- no me gustó nada. Es cierto que de un tiempo a esta parte, se la notaba como ida. Pero anoche,cuando la acosté con las dos almohadas en la espalda para que durmiera casi sentada por esa tos cavernosa que le agarra a la madrugada, la vi quedarse dormida con los ojos abiertos. Bueno -pensé- esta noche no voy a poder pegar ni una cabeceada, me van a tener despierta en guardia.
Un rato antes la chica que me dejaba el turno había terminado de levantar los platos. Entre los restos de sopa fría, y alguna que otra rezagada que atrasaba el postre para quedarse mirando un rato más la tele, la noche no parecía que iba a tener sobresaltos, más que los que el noticiero mostraba en la tele. “Festejos por los 30 años de la Democracia”, por un lado sonaba La Renga y por el otro, los titulares de los desmanes en Tucumán. “Je -pensé- parece que siempre hay un motivo ideal para brindar para esta gente”. Y, entre dientes dije: “La comunicación publicitaria es una política pública”. Bah, no sé para qué carajo me pongo a analizar nada. Yo tendría que haber sido politóloga, no nochera en un geriátrico. “Vamos, vamos chicas, que es tarde y nos tenemos que ir a dormir”.
- “Pará, pará un cachito que capaz que aparezco yo, che”, vociferó Yiya.
- “No, Yiya, hoy no va a hablar nadie de vos. El festejo es por los 30 años de la Democracia, y lo tuyo fue en 1979, el 24 de marzo de 1979 (por lo menos si Wikipedia no miente)”.
De pronto Yiya perdió la sonrisa, se puso seria, me miró fijo y me dijo con voz temblorosa: - -“Decíme nena, ¿Se habrán olvidado de mí? ¿Se habrán o-olvidado de mí?” “Peor que la muerte es el olvido, querida”. - (…)
Empujé su silla en silencio, la metí en la cama y le puse la chata. Muda y sin darme vuelta salí de su cuarto arrastrando los pies.
Apagué la tele y me fui para la cocina a lavar los platos.
Después de un rato, con las luces apagadas, ya todo estaba en silencio. Solo algunos ronquidos acompasados le daban nuevos sonidos a la rutina de la madrugada. Cabeceé un ratito, pero como las liebres, me dormí con un ojo abierto. Un ronquido seco, metálico sonó disruptivo entre el coro de serruchos. Un ronquido y apenas un quejido imperceptible. Un par de segundos de mutismo que parecieron años y el coro reanudó el compás al amparo del tic tac del reloj chino con forma de violín que relucía arriba de la heladera de la cocina.
Una extraña opresión en el pecho me llevó de un tirón a la habitación del final del pasillo. “María Aurelia, María Aurelita”, grité apenas. Y allí la vi tal cual la había dejado, con el mismo color macilento y con los ojos entreabiertos. Llamé de urgencia al servicio de emergencia que, con su burocracia no weberiana, demoraron en mandar la ambulancia después de un interrogatorio que parecía una encuesta de Para Ti. “¿Está segura que necesita una ambulancia con médico?”, me preguntó la voz del call center desde no sé qué provincia que no era la de Buenos Aires.
“¡Qué sé yo, no soy médica! ¡Lo que sé es que la señora no respiraaaaa. A ver si me mandan la ambulancia yaaaaa, joder!”
Cuando salieron el paramédico y el médico de emergencias, María Aurelia estaba tapada hasta el cuello con el estampado escocés de la frazada azul. La metieron en la ambulancia y se la llevaron directo al hospital. Después no la volví a ver.
Lo más triste de este trabajo es tener que embolsar las pertenencias personales. Te da como un pudor ajeno éso de meterte en la vida de los otros cuando no hay nadie que los reclame. Ventilar para sacar el olor a muerto lo antes posible para evitar que las abuelas se me depriman y limpiar la habitación para que venga otra y no vea ningúna evidencia de la anterior. Ya había revisado todos los rincones y no quedaron rastros de Aurelita. Salvo debajo del colchón, en el que encontré esa foto en blanco y negro.
Una rubia de cabellera tupida a los Rita Hayworth, sentada en una banqueta alta y vestida solo con una estola de armiño que le cubría los hombros y dejaba traslucir sus pechos turgentes, uno de ellos estratégicamente apretado por el pulgar derecho. Las piernas infinitas relucían en unas medias de seda negra para precipitarse de plano en unos tacos aguja oscuros. Y uno hasta podía fantasear con la Sharon Stone de Bajos Instintos, pero cuarenta años antes.
Sostuve entre mis dedos la imagen y me quedé mirándola por unos instantes. Ahí recordé lo que una vez me había dicho al pasar el traumatólogo: “El cuerpo cambiará con los años, pero la mirada y la sonrisa son siempre la misma”.
No sé por qué me cuesta recordar la sonrisa de Aurelita. Sin embargo creo recordar el gesto pícaro en aquellos ojos turbios que hacía rato que ya no querían decir nada.

Verónica Meo Laos es escritora y periodista de Dolores, prov de Buenos Aires



CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. DONDE LOS CANTINEROS SE RÍEN DE LAS DESGRACIAS AJENAS POR RATA CARMELITO





Esa noche dormí en un hotel. En realidad, dormir, lo que se dice dormir, no es la exacta definición de lo sucedido esa noche. Recuerdo un casino, un bar, enormes nubes de humo de habanos sobre una mesa de pool, un chico pidiendo monedas a la entrada de un cabaret, el valet estacionando coches; recuerdo hermosas mujeres bailando con poca ropa en el Tropicana, recuerdo sus exactas coreografías, recuerdo sus piernas como gacelas, recuerdo sus pechos ardientes como volcanes, la recuerdo a ella invitándome de su copa, invitándome a mi cama, pero no recuerdo en absoluto haber dormido. Recuerdo su nombre. Al principio, como todo hombre adentrándose en tugurios oscuros, precipitándose en la fantasía de perderse en la noche, de desaparecer, de ser un desconocido, un anónimo, bien cobijado por el vino y los licores, fui ni más ni menos un grosero. Derroché dinero, derramé whisky sobre las mesas, me peleé con fulanos, me sacaron a patadas. Claro que antes había sido todo un caballero. Ella lo merecía. No era ese el lugar en el que tenía que estar. Rodeada de sapos gordos, de hienas carroñeras, de babosos, de malparidos. Ella se destacaba del resto de las mujeres. Un aura de inocencia infantil la coronaba, ¿sería eso lo que la hacía tan pura, tan perversa? Primero se apagaron las luces, luego subió al escenario, luego bailó “Lupita” de Dámaso Pérez Prado, luego se quitó las plumas, luego se acercó a mi mesa, me sedujo, me enamoró, me asesinó con un beso. Se comió literalmente mi corazón. No pude esperar a seguir invenenándome. La senté en mi regazo, le dije cosas al oído, la mimé, propuse vidas diferentes donde ella no tuviera que bailar cada noche, mentí mis ingresos pintándole un magnate en vez de un don nadie; abracé un romance utópico, celestial, llevarla lejos, comprar una casa, tener hijos, envejecer. Ella rió, como imagino deben reír las mujeres al borde del abismo, una risa muda entre tanto bochinche demencial, entre tanta palabrería. Luego lo vulgar, lo grotesco. Entre las sombras alguien rompió una botella, insultó su nombre, perjuró traición al amor, masticó celos embravecidos y se acercó amenazante. Uno terminó con un corte en la cara, sangre mezclada con vino rojo en la camisa; el otro terminó en la calle por no ser un asiduo de la casa. Mi hotel estaba a dos o tres calles, pero si debía caminar hacia la izquierda o hacia la derecha, era un trabajo demasiado azaroso para mi condición de borracho y de enamorado. ¿De qué estarán echas las trapisondas? De noches y de alcohol, seguro; de mujeres perdidas y de hombres buscando encontrarse, también. O tal vez solo de hombres y mujeres buscando un lugar donde dormir, una compañía para su soledad. Ella salió a buscarme. Se notaba que bajo ese tapado de piel berreta, de imitación, estaba vestida sólo con un portaligas. No tardé en besarla y como si fuera un lapsus de inspiración, una quimera, empezamos a transitar el camino hacia el hotel, sin la menor duda de que era hacia la izquierda del cabaret, pasando el restaurant de luces verdes, en el barrio de casas bajas adornado por la falsa Fuente de Saint-Michel, como en Paris, excepto por los borrachos durmiendo en ella en vez de bohemios y poetas hablando de Sartre, de Gaston Leroux y “nuestras vidas son un baile de máscaras”, hablando de la muerte, del precio de los hombres, de la libertad. Mi habitación no era ejemplar, pero entre libros y botellas hallamos un lugar para acariciarnos, para destruir el pasado, para quemarnos. 

Esa noche tuve la breve esperanza de que el amor sería total, feroz; pero a la vez sentía correr en el aire la desidia de saberme dejado para siempre. Nunca dijo nada, ni siquiera en la mañana siguiente. Dijo que debía irse, que tenía un compromiso. Me pidió que no la acompañara, acepté a regañadientes. Tomó un taxi y no dudé en seguirla.

Primero a casa de una amiga. Salieron muy aprisa con una maleta. Se dirigieron a un hotel lujosísimo en la Avenida Paseo del Prado, “siga a ese auto no importa a donde vaya, si es al fin del mundo al fin del mundo nos vamos” dije al chofer, o tal vez solo lo pensé, no lo sé. Esperé dentro del auto, una hora, dos horas, una locura, dos locuras. Un auto se detuvo al lado de mi taxi. Un hombre de pequeños bigotes y elegante traje salió de él. Miró el reloj un par de veces y finalmente la puerta del hotel se abrió. Llevaba un vestido de novia, guantes, flores y la misma sonrisa que esbozó en el cabaret. El hombre la recibió con un beso. Antes de que subieran al auto, bajé del taxi. Su amiga les estaba tomando una foto. “Tenga cuidado de que no salga fuera de foco” dije, me puse mi sombrero y la mañana a sus ocho y cuarto me recibió en otro bar, temprano, sí, pero tarde para todo.


Rata Carmelito , escritor y poeta. Chivilcoy




CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. FAMILIA FELIZ POR ISABEL PISANI





                  
Ella era dulce y serena; él, apuesto y un hombre de bien. Yo nunca había visto a mi hijo. Lo había abandonado en el orfanato .Y él un día apareció. Me dijo que lo sabía todo, que sus averiguaciones lo habían llevado muy lejos. Fulvio Cavalieri era su padre y yo, su madre. Ahora venía a recuperarme con su perdón y amistad… 

Después de dos meses venció mis resistencias de mujer pudorosa. Y me sentí feliz de que aquella falta tan escandalosa para mi época fuese saldada con una simple palabra. Mi hermano, un solterón empedernido, al principio, no entendía; sin embargo no me juzgó, silenció su estupor y no se habló más. Como la suerte tiene sus vaivenes, la pequeña Susy enfermó y él vino a visitarme con su esposa: una morocha muy bonita. Me dijo que la niña debía ser operada en Francia y que no tenían con qué. Yo no disponía de dinero para ello. Llamé a Fulvio para que lo ayudara, accedió y me pidió reservas: su mujer nunca debería saberlo. Pero no era suficiente y entonces decidí vender mi pequeño departamento. Lo hice y me sentí doblemente satisfecha, por mi nieta y por mi desgraciado hijo. Arreglaron los pasaportes, pasajes y trámites hospitalarios. Cada día era un escalón hacia la dicha…Me regalaron su foto de casamiento y varias de la rubia Susy cuando fui a visitarlos a su casa, allá por Haedo. También me dejaron las llaves para que regara el jardín y alimentara al perro salchicha durante su ausencia. Salieron un viernes al atardecer y… no regresaron. Nunca pude entrar en aquella casa, me llevaron presa cuando me encontraron frente a la puerta, con el llavero en la mano. Tuve que hacer los descargos pertinentes en la comisaría y mi abogado descubrió que mi bebé había muerto a los tres años. Además, Fulvio había abandonado a su esposa y ahora residía en París.


Isabel Pisani, docente.Buenos Aires 


           


CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL.VIDITA CHANCAY POR ALBERTO RIGAMONTI


                                                                "A Norma Jean"



Desde el momento del parto tuvo una estrecha relación con la muerte. Se le había enrollado el cordón umbilical en el cuello y apareció a la vida moribunda, casi asfixiada. La comadrona dijo que se había salvado de milagro, y la madre supo enseguida que el nombre de la niña sobreviviente debía ser Vida, y llevaría su apellido de soltera, Chancay. El padre, un marinero alemán que había acertado a recalar unos días en el puerto de Ilo, nunca se enteró de que había engendrado una criatura. A los quince años se fue de su casa, huyendo de la pobreza. Se escapó con el volatinero del Circo Hermanos Lovandi, un flaco moreno y correoso diez años mayor que ella, que a los treinta días murió desnucado a causa de una mala caída. Ella siguió con el circo hasta que llegaron a Lima. Allí conoció, en el sentido bíblico, a un locutor de la incipiente televisión de Perú, por cuyos buenos oficios consiguió unos trabajitos como extra en la telenovela La Bodega de la Esquina. No pudo progresar en su carrera televisiva, por los celos furibundos y trágicos que provocó en la primera actriz, cuando la descubrió con su amante, el productor ejecutivo, en situación más que comprometida. El hombre, un gordo entrado en años, resultó muerto en el acto por tres tiros en el pecho, y ella alcanzó a escapar por la ventana, desnuda y con un balazo en la oreja, la que cubriría, el resto de su vida, con su espesa cabellera rubia. Luego sobrevienen algunos años oscuros, en los que se le pierde el rastro. Hay quien dice que intervino en algunas películas desafortunadas de clase B, y otros que aseguran su participación muy activa en orgías desenfrenadas y en gran cantidad de producciones pornográficas. Se dice que en una de ellas, su compañero ocasional habría fallecido en sus brazos, víctima de una complicación en un ataque de priapismo. Lo cierto es que un día sus atribulados pasos la condujeron hacia la ciudad de Dallas, en los Estados Unidos, junto a un ignoto camarógrafo, al que abandonó a poco de llegar. Exigencias de una empresa productora de fotonovelas la obligaron a cambiar su nombre por otro artístico, y los avatares de su vida la inspiraron para elegir el de Angie Lamorte, el ángel de la muerte, bastante atinado por cierto. A las dos de la tarde del 22 de noviembre de 1963, el encargado del motel de cuarta categoría en que se hospedaba abrió la puerta de la habitación con su llave maestra, a requerimiento de los huéspedes vecinos que se quejaban del olor nauseabundo. Angie Lamorte, o Vidita Chancay, yacía de costado, totalmente desnuda, sobre las sábanas revueltas. Su mano izquierda descansaba sobre un vaso de whisky tumbado en el piso. Sobre la mesa de luz un velador encendido iluminaba algunas tabletas de somníferos y el teléfono descolgado. El Dallas Morning, al otro día, informaba apenas en tres líneas, perdidas entre las crónicas policiales, la muerte, por aparente suicidio, de una indocumentada peruana. El resto del periódico estaba ocupado por el asesinato del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, al que le habían incrustado una bala en el cerebro mientras se desplazaba junto a su esposa, en la limusina presidencial, frente a la Plaza Dealey.


Alberto Rigamonti es artista plástico, escritor de Las Flores. Vive en Dolores, prov. de Buenos Aires

                                                                        ****



CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. BETTY Y LOLA POR SANDRA ÁVILA

Esa foto fue un 3 de mayo de 1952. Betty así se llamaba o por lo menos así se hacía llamar,  la diva de piernas largas y cabellera rubia, fueron pocas las veces que la vi, lo cual nunca supe de donde venía y si Betty era su verdadero nombre. Tenía un delicado acento afrancesado por lo poco que la escuché. Era tímida, estaba muy rígida. Supe después que en repetidas oportunidades ella había estado preguntando por mí, y quien la atendió en sucesivas veces no quiso informarle que yo me encontraba en el estudio trabajando. 
Claro que me enteré de todo ésto cuando no supe más nada de ella. Yo en ese entonces hacia fotos y pequeños castings para seleccionar caras bonitas para varias  productoras de Cine Independientes. Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer. Esa foto fue captura en 8 de septiembre en Perú. La vedette traía un traje azul muy señorial, y le sugerí que pasara al vestuario y con la ayuda de Ana, mi asistente, se cambiase de vestuario apropiado para  la sesión fotográfica. Le ofrecí café a esta señorita, la noté algo nerviosa, me pregunto si tenía cigarrillos, no conversamos mucho, solo lo necesario. Poseía una voz temblorosa pero supe que necesitaba un trabajo. 

El día que vino a retirar las fotos, me comentó que tenía una amiga cantante y que ésta estaba necesitando hacer unas fotos para propaganda para promocionar una pequeña gira aquí en Perú. Fue entonces que me ofrecí para que ambas me visitaran en el estudio para hacer un par de fotos. Antes de irse solo me dijo que  el nombre de su amiga era Lola.
 






  "Mi Lola Por Sandra Ávila"

14 de mayo de 1952, Perú.


    Betty apareció  alrededor de las dos de la tarde, aquel día estuvo frío. Ella vestía el mismo traje azulado, esta vez estaba más suelta. Menos tímida, menos rígida. Vine con mi amiga, la cantante

-¿Dónde está que no la veo? le dije. 

Conocí a Lola, y al verla supe que tenía algo especial en esos ojos negros para mí. Durante la sesión de fotos ambas reían, eran dos cascabeles, dos bellas rosas desprendiendo su perfume. Lola muy suelta, muy seguro de sí misma me contó sobre sus presentaciones en   la ciudad y alrededores. Lola estaba ansiosa por ver las fotos terminadas, quería estar presente en el momento del revelado, la invité hacerlo juntos. Entramos al cuarto oscuro quinces días más tarde, nunca había vivido una experiencia similar, decía que era como hacer magia.

Con Betty y Lola habíamos entablado una buena amistad. Al poco tiempo supe que Betty fue elegida por su gran belleza y delicadeza. Betty solía enviarme cartas a mediados de año entre otras eventualidades. En menos de  un año se radicó en México donde grabó algunas películas de aquella época, supe también por algunas cartas que recibí  que había hecho una pequeña escala artística por Buenos Aires donde conocía a un empresario americano. Su última carta contaba que había contraído matrimonio y que vivían en México, que su carrera artística iba de maravilla y dividía su tiempo entre sets de filmaciones y su esposo Louis.


 A principios de  noviembre 1954, recibimos la triste noticia de que ella y su esposo habían sufrido un grave accidente, en una peligrosa carretera de su país. Lola se aferró mucho cuando se entero de lo sucedido. Su amiga había logrado cumplir sus sueños y ella se sentía muy afligida por su pérdida.  “Me consuela un poco saber que me estaba feliz”, decía Lola.


A finales del año 1952 Lola ocupo el lugar de Ana, mi asistente, quien había ayudado con el vestuario a su queridísima amiga, esa tarde que llegó a mi sesión de fotos. Poco tiempo después que falleció Betty, Lola y yo nos formalizamos nuestra relación. Yo siempre supe que ella sería alguien especial en mi vida, ella tocó mi corazón hasta el fondo.  Así que ella y yo trabajábamos juntos en el estudio de fotografía y cuando ella tenía temporada de gira y shows yo la acompañaba. 


Estuvimos dos meses en Buenos Aires y conocimos muchas  personas que habían tenido un paso importante por la vida de  Betty. 

En mayo de 1956, tras haber explotado su don heredado por dios todopoderoso, su bella voz como encantadora de sirenas en sus shows, decidimos coronar nuestra sublime ternura llamando a la cigüeña, y tomarnos un breve descanso. Así fue cuatro meses más tarde “Mi Lola acariciaba un vientre esplendoroso futuro a nacer en junio de 1957”. Tristemente en el segundo trimestre de embarazo mi reina contrajo sarampión. Hubo una importante epidemia y tuvo un aborto espontaneo. Fue un horroroso río de sangre y un llanto desgarrador, ese hecho fue angustioso y fuerte para nuestras vidas. 

Después de tantas tragedias golpeando nuestra existencia Lola recuperó sus fuerzas y quedó embarazada, esta vez el cielo bendijo el anhelo y se hizo la voluntad. No podía ser posible semejante desdicha, tanta crueldad. ¿Por qué dios pondría a prueba nuestra fe? ¿Por qué los demonios se presentarían justo en el instante de plenitud y gloria? ...Ese embarazo fue una gota de agua dulce en un profundo mar. 


Al nacer dos bebes idénticos a mi Lola “Beatriz como la entrañable Betty y Guillermo, como yo su padre”. Ella dedicaba su amor y su tiempo a mí y a esas hermosas criaturas, cuando los niños dormían ella gustosamente trabajaba conmigo en el estudio, siempre recordaba a su amiga y decía que se parecía a Olga Zubarry. 


Ellos fueron mi sol, mis ganas de vivir. “Siempre supe que ella sería alguien especial en mi vida, ella fue la única mujer quien me completo como hombre, como ser, siempre tuve presente en mi mente que si ella algún día se apartaba de mi vida jamás encontraría una igual que me llenara tan biológicamente como lo hacia ella”. 


Recuerdo que una vez le pregunté a mi madre ¿Cómo era el amor ¿cómo sabré si me enamoro ? ella respondió 


- “Te darás cuenta qué es amor porque otras mujeres no te han hecho sentir el deleite de la vida y el abismo, el amor y la muerte el miedo y el coraje”. Ahí supe que ella era todo aquello que decía mi madre, en pocas palabras y no podía o no se atrevía a manifestar con frases.

Sandra Ávila, escritora periodista de Ranchos provincia. de Buenos Aires  







Un cuento policial inédito en "Y la muerte me susurró al oído. Vol. II"

Este volumen 2 trae 9 autores contemporáneos y también me sume como escritora, es emocionante ver mi cuento en este libro.