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viernes, 19 de junio de 2020

Convocatoria fotos de baúl,segunda vuelta. Souvenir en rose Por Luciana Bornand


Por esas cosas de la vida que aún con mis ochenta y pico de años no logro entender, mi nieta, me cebó un mate y me dijo: "Escuchá abuela la canción que estoy aprendiendo en mis clases de francés". Ante esto, me saco los anteojos y dejo de mirar mí tejido.
La dulce melodía comienza a sonar y siento como la melodía hace retroceder las agujas del reloj.

“Des yeux qui font baisser les miens
Un rire qui se perd sur sa bouche
Voilà le portrait sans retouches
De l'homme auquel j'appartiens”

La vida me hizo ser una mujer que no demuestra lo que siente, pero esa canción de Edith Piaf, me llevó a mis veinticinco años, cuando me estaba preparando para ver al gran amor de mi vida, ese hombre alto y apuesto que me fotografiaba con su impecable traje de alta costura y me hacía romper con todos los estereotipos de la época, los paradigmas sobre ser mujer y también, hacer que mis padres pegaran el grito en el cielo. Hice una mueca que hizo reír a mí nieta. A veces siento que me observa como queriendo descifrar.

“Je vois la vie en rose”, y así es, Francisco me hizo conocer la paleta de colores de la vida a través de su cámara. La canción avanza y vuelvo a tener veinticinco años, mis cabellos rubios caían sobre mi hombro, el espejo me devolvió mí reflejo y quedé conforme con cómo habían quedado mis rulos, parecía una actriz francesa. Elegí unos cancan negros y use mi tacones favoritos negros también. El toque final, fue el tapado blanco de piel que sobre la mía, lo sentía como su abrazo.

Il est entré dans mon cœur
Une part de bonheur
Dont je connais la cause
C'est lui pour moi, moi pour lui dans la vie
Il me l'a dit, l'a juré pour la vie

Tarareo la letra, mi nieta se sorprende al ver que sé la canción y me pregunta: “¿Te la sabes?” y ahí sí, las lágrimas caen sobre mi rostro, ya no las puedo disimular y la emoción tampoco me deja hablar, por lo que me levanto, con mi paso que evidentemente no es el de ese día que recuerdo, pero si con el paso de los años vividos y amados; uno camina con sus palabras dichas y no dichas, con las personas amadas y con los sueños por cumplir y los ya cumplidos.

Bajo mí cama tengo una caja con muchas fotos, mí nieta me sigue curiosa quizá viviendo en otras palabras lo mismo que viví yo pero que nunca le pude contar, por eso, decidí que está historia trascendiera mí propia memoria.

Entre las fotos, y los recuerdos, encuentro esa que es tan especial.

Y ahí estaba yo, llena de vida, hambrienta de vivir, de comenzar a hacerlo, porque había comprendido en sus brazos, en sus palabras, en la forma que me abrazaba y me besaba la importancia de vivir, pero con la fuerza y la valentía que requería para hacerlo y llegar a esta edad con mil historias por contar.

Y gracias a esa valentía que decidí tomar fue que Francisco se convirtió en el abuelo de Tiziana, aunque quizá no debería contarle, mí hija nunca quiso ni siquiera escuchar a su madre.

-Mirá, Tizi, te voy a contar un secreto de abuela a nieta. Vos sabes que el papá de tu mamá no es el abuelo Coco: ésta foto es de tu abuelo Francisco, fue el gran amor de mí vida. En mí época se escuchaba mucho Edith Piaf y ese día que me sacó esta foto, yo le dediqué esa canción.

Mí nieta es muy sensible, capaz llora las lágrimas que no he podido llorar yo ese día que me separaron completamente de él y no pude hacer nada más que fingir.

Fingir porque no elegí decidir , fingir esos precios que tuve que pagar por no hacerlo y sonreír por la vida que me hubiera gustado vivir.

Cuando hoy miro hacia atrás de lo único que puedo arrepentirme es no haber vivido sin miedo al que dirán, de no haber corrido en libertad hacía sus brazos. Por eso, decido contarle a mí nieta el secreto de la vida, al menos de mí vida, mí mayor enseñanza y eso que fui maestra toda mí vida y es la de vivir en profundidad, aprender cada día, amar y amarse así tal cual somos incondicionalmente. Y lo más importante, siempre apostar por uno mismo, por tus sueños, tus amores, que nadie decida sobre tu vida, para cuando estés al atardecer de la tuya, como dice San Juan de La Cruz, al juzgarte por el amor, salgas victoriosa.

Heureux, heureux à en mourir…

Me acosté en mi cama con la fotografía en mí pecho, cerré los ojos y ahí estaba. Diciéndome palabras al oído y listo para bailar un vals.



Luciana Bornand

periodista
Santa Rosa de Calamuchita







viernes, 10 de enero de 2014

CONVOCATORIA. FOTOS DE BAÚL. MARÍA AURELIA POR VERÓNICA MEO LAOS



  Me cuenta Borges que en una saga, el héroe, un guerrero valiente y vencedor, al final, ya viejo, está
sentado junto al fuego, en un invierno en Islandia, y una sirvienta lo echa, lo empuja afuera, donde
muere de frío. “A todos puede pasarnos”, agrega.
Adolfo Bioy Casares. Borges


“No la vi bien a María Aurelia”, pensé cuando la conduje hasta su cama. Tenía la mirada opaca, como perdida, y un color vela que -uhm- no me gustó nada. Es cierto que de un tiempo a esta parte, se la notaba como ida. Pero anoche,cuando la acosté con las dos almohadas en la espalda para que durmiera casi sentada por esa tos cavernosa que le agarra a la madrugada, la vi quedarse dormida con los ojos abiertos. Bueno -pensé- esta noche no voy a poder pegar ni una cabeceada, me van a tener despierta en guardia.
Un rato antes la chica que me dejaba el turno había terminado de levantar los platos. Entre los restos de sopa fría, y alguna que otra rezagada que atrasaba el postre para quedarse mirando un rato más la tele, la noche no parecía que iba a tener sobresaltos, más que los que el noticiero mostraba en la tele. “Festejos por los 30 años de la Democracia”, por un lado sonaba La Renga y por el otro, los titulares de los desmanes en Tucumán. “Je -pensé- parece que siempre hay un motivo ideal para brindar para esta gente”. Y, entre dientes dije: “La comunicación publicitaria es una política pública”. Bah, no sé para qué carajo me pongo a analizar nada. Yo tendría que haber sido politóloga, no nochera en un geriátrico. “Vamos, vamos chicas, que es tarde y nos tenemos que ir a dormir”.
- “Pará, pará un cachito que capaz que aparezco yo, che”, vociferó Yiya.
- “No, Yiya, hoy no va a hablar nadie de vos. El festejo es por los 30 años de la Democracia, y lo tuyo fue en 1979, el 24 de marzo de 1979 (por lo menos si Wikipedia no miente)”.
De pronto Yiya perdió la sonrisa, se puso seria, me miró fijo y me dijo con voz temblorosa: - -“Decíme nena, ¿Se habrán olvidado de mí? ¿Se habrán o-olvidado de mí?” “Peor que la muerte es el olvido, querida”. - (…)
Empujé su silla en silencio, la metí en la cama y le puse la chata. Muda y sin darme vuelta salí de su cuarto arrastrando los pies.
Apagué la tele y me fui para la cocina a lavar los platos.
Después de un rato, con las luces apagadas, ya todo estaba en silencio. Solo algunos ronquidos acompasados le daban nuevos sonidos a la rutina de la madrugada. Cabeceé un ratito, pero como las liebres, me dormí con un ojo abierto. Un ronquido seco, metálico sonó disruptivo entre el coro de serruchos. Un ronquido y apenas un quejido imperceptible. Un par de segundos de mutismo que parecieron años y el coro reanudó el compás al amparo del tic tac del reloj chino con forma de violín que relucía arriba de la heladera de la cocina.
Una extraña opresión en el pecho me llevó de un tirón a la habitación del final del pasillo. “María Aurelia, María Aurelita”, grité apenas. Y allí la vi tal cual la había dejado, con el mismo color macilento y con los ojos entreabiertos. Llamé de urgencia al servicio de emergencia que, con su burocracia no weberiana, demoraron en mandar la ambulancia después de un interrogatorio que parecía una encuesta de Para Ti. “¿Está segura que necesita una ambulancia con médico?”, me preguntó la voz del call center desde no sé qué provincia que no era la de Buenos Aires.
“¡Qué sé yo, no soy médica! ¡Lo que sé es que la señora no respiraaaaa. A ver si me mandan la ambulancia yaaaaa, joder!”
Cuando salieron el paramédico y el médico de emergencias, María Aurelia estaba tapada hasta el cuello con el estampado escocés de la frazada azul. La metieron en la ambulancia y se la llevaron directo al hospital. Después no la volví a ver.
Lo más triste de este trabajo es tener que embolsar las pertenencias personales. Te da como un pudor ajeno éso de meterte en la vida de los otros cuando no hay nadie que los reclame. Ventilar para sacar el olor a muerto lo antes posible para evitar que las abuelas se me depriman y limpiar la habitación para que venga otra y no vea ningúna evidencia de la anterior. Ya había revisado todos los rincones y no quedaron rastros de Aurelita. Salvo debajo del colchón, en el que encontré esa foto en blanco y negro.
Una rubia de cabellera tupida a los Rita Hayworth, sentada en una banqueta alta y vestida solo con una estola de armiño que le cubría los hombros y dejaba traslucir sus pechos turgentes, uno de ellos estratégicamente apretado por el pulgar derecho. Las piernas infinitas relucían en unas medias de seda negra para precipitarse de plano en unos tacos aguja oscuros. Y uno hasta podía fantasear con la Sharon Stone de Bajos Instintos, pero cuarenta años antes.
Sostuve entre mis dedos la imagen y me quedé mirándola por unos instantes. Ahí recordé lo que una vez me había dicho al pasar el traumatólogo: “El cuerpo cambiará con los años, pero la mirada y la sonrisa son siempre la misma”.
No sé por qué me cuesta recordar la sonrisa de Aurelita. Sin embargo creo recordar el gesto pícaro en aquellos ojos turbios que hacía rato que ya no querían decir nada.

Verónica Meo Laos es escritora y periodista de Dolores, prov de Buenos Aires



miércoles, 11 de diciembre de 2013

CONVOCATORIA FOTOS DE BAÚL.


Mi madre murió el 1 de julio de 2013 pero hacía tiempo que se había ido. Había decidido no hablar más-sólo lo estrictamente necesario- desde hacía varios años. Así que el día que se fue del todo, no fue sino una retirada de cuerpo entero, porque su espíritu se había retirado hacía rato.
Lo único que dejó como testimonio de su vida en Lima fue una caja con fotos en blanco y negro. Algunas pocas escritas por ella a mano alzada, donde quedaron rastros de cartas a medio escribir, alguna que otra fecha y el lugar donde fueron tomadas. Pero la mayoría son mudas, tan solo imágenes que nos invitan a imaginar infinitas historias posibles porque no hay palabras que encajonen su sentido.
Así es como surge esta convocatoria espontánea a la que, gentilmente, se sumó esta querida amiga escritora Sandra Avila y a la que confiamos otros escritores también lo hagan.
Juguemos a inventar porque estas imágenes, hasta ahora mudas, están esperando a que alguien cuente sus historias.

Verónica Meo Laos (Periodista, escritora)


QUIENES QUIERAN PARTICIPAN DEBEN ENVIAR SU TEXTO A VERÓNICA MEO LAOS 

SU MAIL ES: meolaosv@yahoo.com.ar




    

                         


  





                       

                                                                 
                                                              
                                  




                                   


                                                             





FOTOGRAFÍAS: DE VERÓNICA MEO LAOS


Un cuento policial inédito en "Y la muerte me susurró al oído. Vol. II"

Este volumen 2 trae 9 autores contemporáneos y también me sume como escritora, es emocionante ver mi cuento en este libro.